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Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del centro de Blomsbury señalaban las 2.27. La "industriosa colmena", como el director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoides penetraban en los óvulos, que, fertilizados, crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados, brotaban constituyendo poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo de la sangre y de hormonas, los fetos crecían o, envenenados, languidecían hasta convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban imperceptiblemente, semana tras semana hacia la Sala de Decantación, donde los niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa.
Publicada el Jueves, 2/8/2007 por David Esperalta
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