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Las flores del mal XXIII

EL hermoso navío

¡Oh lánguida hechicera, describir quisiera
las mil bellezas que tu juventud adornan!;
quisiera pintar tu beldad,
en la que niñez y madurez se aúnan.

Cuando con tu amplia falda el aire barres,
diríase un hermoso navío rumbo a mar adentro,
velas al viento y meciéndose
en compás suave, perezoso y lento.

En tu cuello ancho y lleno, en tus hombros redondos,
tu cabeza va pavoneándose con mucha gracia;
¡qué aspecto plácido y triunfante el tuyo
al andar, oh majestuosa criatura!

¡Oh lánguida hechicera, describir quisiera
las mil bellezas que tu juventud adornan!;
quisiera pintar tu beldad,
en la que niñez y madurez se aúnan.

Tu pecho que surge y empuja la seda moaré,
tu pecho triunfante en es un magnífico armario
cuyos paneles redondeados y claros a
los relámpagos atraen, como si fuesen escudos,

¡escudos provocantes, armados de puntas rosas!,
¡armario de dulces secretos, de buenas cosas lleno,
vinos, perfumes, licores, que harían
delirar a mentes y a corazones!

Cuando con tu amplia falda el aire barres,
diríase un hermoso navío rumbo a mar adentro,
velas al viento y meciéndose
en compás suave, perezoso y lento.

Tus bonitas piernas, bajo volantes que ondulan,
atormentan a oscuros deseos y los irritan,
igual que dos brujas que en vaso hondo
van preparando una pócima muy oscura.

Tus brazos, que a precoces hércules dominarían,
son émulos recios de las feroces boas,
están hechos para abrazar intensamente
a tu amante y en tu corazón imprimirlo.

En tu cuello ancho y lleno, en tus hombros redondos,
tu cabeza va pavoneándose con mucha gracia;
¡qué aspecto plácido y triunfante el tuyo
al andar, oh majestuosa criatura!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XXII

Nieblas y lluvias

¡Ay, finales del otoño, inviernos, primaveras fangosas,
estaciones adormecedoras! me gustáis, y os alabo
porque mi corazón y mi mente envolvéis
en vaporosa mortaja, en difusa tumba.

En esta vasta llanura donde vibra el ábrego helado
y chirría la veleta en las largas noches,
mi alma, mejor que cuando llega el tibio revivir,
va a extender de par en par sus alas de cuervo.

Nada más suave para un corazón de ideas fúnebres
y sobre el que ya hace tiempo caen los fríos invernales,
ay, pálidas estaciones, de nuestros climas reinas,

que la presencia constante de vuestras apagadas tinieblas,
a no ser que, empajerados, en noche sin luna,
se adormezca el dolor en una cama de fortuna.

El vino del solitario

Esa curiosa mirada de mujer galante
que hacia nosotros se desliza como el rayo blanco
enviado por la luna ondosa de lago temblón
cuando en él quiere bañar su indolente belleza;

o la última bolsa de escudos en la mano del jugador;
o un beso libertino de Adelina, la flaca;
o los sones de una música irritadora y seductora,
semejante al grito lejano del dolor humano,

nada de todo eso iguala, oh botella profunda,
los bálsamos penetrantes que tu fecunda panza
ofrece al corazón sediento del poeta piadoso;

Tú le entregas esperanza, juventud y vida,
¡y también orgullo, tesoro de la golfería,
que a los hombres ensalza y asemeja a Dioses!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XXI

El final del día

La vida, cínica y chillona,
no hace sino correr, bailar y
agitarse bajo luces lívidas.
Así, en cuanto en el horizonte

se muestra la noche voluptuosa,
calmando todo, incluso el hambre,
borrando todo, hasta la vergüenza,
el Poeta se habla: "¡Por fin

mi espíritu y mis vértebras
invocan con ardor el descanso!;
voy a tumbarme boca arriba,

lleno de ensueños fúnebres;
voy a envolverme en vuestros velos
¡oh tinieblas refrescadoras!"

Himno

A mi muy querida y muy bella
que me colma de claridad,
al ángel, al ídolo inmortal,
¡salud en la inmortalidad!

Amada que en mi vida penetra
como aire impregnado de sal
y que en mi alma insatisfecha
deja anhelos de eternidad.

Es cuerpo que frescamente perfuma
el ambiente de un ansiado rincón,
es incensario olvidado que humea
en secreto por las noches,

¿cómo, amor incorruptible,
cómo lograría yo definirte?
¡Invisible grano de almizcle
que en mi honda eternidad vibras!

A la muy bondadosa y hermosa mía
forjadora de mi dicha y salud,
al ángel, al ídolo inmortal,
¡salud en la inmortalidad!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XX

Los ciegos

¡Ay, alma, contémplalos; cuán espantosos son!
Títeres parecen, incluso vagamente ridículos;
terribles y muy especiales, como los sonámbulos;
y nadie sabe adónde guían sus globos tenebrosos.

Sus ojos, cuya centella divina ya no existe, y
como si a lo lejano mirasen, hacia el cielo
se alzan; nunca se ve que sus pesadas cabezas
hacia el suelo se inclinen, soñadoramente.

Así van cruzando por ilimitadas tinieblas,
negruras hermanas del silencio eterno. ¡Oh ciudad!,
mientras que ante nosotros cantas, ríes y muges,
enamorada del placer hasta llegar a atrocidades,
¡mírame, también yo me arrastro! aunque más torpe
que los ciegos, me digo: ¿qué buscan en el Cielo?

A una transeúnte

La calle, aturdida, aullaba a mi alrededor.
Alta, delgada, de luto, como majestuoso dolor
pasó una mujer: con mano elegante
alzaba y mecía lo mismo festón que dobladillo;

ágil y noble pasó, con piernas de estatua.
Crispado y nervioso, yo no cesaba de beber
en sus pupilas, cielo lívido con gérmenes tormentosos,
la dulzura que fascina y el placer que mata.

Un relámpago... ¡y ya la noche! -Belleza fugitiva,
mirada que me hizo renacer, dime:
¿ya no te veré más sino en la eternidad?

¡En otra parte y muy lejos! ¡Demasiado tarde! ¡Y acaso nunca!
Ignoro adónde fuiste, y no sabes adónde voy,
¡ay tú a quien hubiese amado! ¡a ti, que lo sabías!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XIX

El frasco

Perfumes hay, tan intensos, que todo recipiente
es poroso. Diríase que hasta el vidrio traspasan.
Al abrir uno de esos cofres de Oriente
cuya cerradura gime y rechina a gritos,

o algún armario de una casa desierta
que huele a siglos, con olor de tiempo polvoriento,
hállase a veces un frasco viejo con recuerdos
y del que brotan, con vida, almas reaparecidas.

Mil ideas dormían, fúnebres crisálidas,
y suaves palpitaban en densas tinieblas,
pero sus alas se desplegaban y alzaban el vuelo,
teñinas de azul, satinadas de rosa, bañadas en oro.

Tal es el recuerdo embriagante que en el aire
turbio revolotea; los ojos se cierran; el Vértigo
se apodera del alma vencida y con fuerza la empuja
a un abismo ensombrecido por miasmas humanos.

La derriba al borde del milenario abismo, allí
donde cual Lázaro pestilente que su sudario desgarra,
y en su despertar, se mueve el cadáver espectral
de un amor antiguo, pasado, grato y sepulcral.

Igualmente, al borrárseme un día de la memoria
de los hombres, al arrojárseme al fondo helado,
decrépito, polvoriento, sucio, abyecto, viscoso, rajado,

¡tu ataúd entonces seré, amable pestilencia!,
y también testigo de tu fuerza y de tu violencia.
¡Delicioso veneno que los ángeles prepararon! ¡Licor
que me roe, ay vida y muerte de mi corazón!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XVIII

El examen de medianoche

El reloj de pared, al dar las doce,
con ironía nos invita
a recordar cómo usamos
este día que se aleja:
-Hoy, fecha fatídica,
viernes y trece, pese a
cuanto sabemos, hemos vivido
como un herético;

hemos blasfemado sobre Jesús,
¡el más indiscutible de los Dioses!;
y como parásito en la mesa
de algún Creso repugnante,
por complacer al hombre brutal,
digno vasallo de los Demonios,
hemos insultado cuanto amamos,
hemos halagado cuanto nos asquea;

servil verdugo, hemos afligido
al débil que sin razón se desprecia;
hemos saludado a la gran Tontería,
la que tiene testuz de toro;
hemos besado a la Materia estúpida
con intensa devoción, y
hemos alabado la luz mortecina
de lo vil y putrefacto.

También, y por diluir
al vértigo en el delirio, como
sacerdote orgulloso de la Lira
cuyo honor es proclamar
la embriaguez de lo fúnebre,
¡sin sed ni hambre comimos y bebimos!...
-¡Apaguemos la luz, pronto,
escondámonos en las tinieblas!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XVII

Las metamorfosis del vampiro

La mujer, con toda su naturalidad,
como serpiente sobre ascuas, y deleitándose
y frotándose los senos con las ballenas del corsé, de su boca
de fresa exhalaba palabras impregnadas de almizcle:
-"Tengo húmedos los labios, y conozco la ciencia
que echa a perder en un lecho a la conciencia.
Todos los llantos seco en mis pechos triunfantes,
y a los viejos hago reír con risa de niños.
¡Para quien me ve desnuda y sin velo, yo suplo
a la luna y al sol, al cielo y a las estrellas!
Así es, querido sabio, tan docta soy en voluptuosidades
cuando en mis brazos temidos aprisiono a un hombre,
o al abandonar a los mordiscos mi busto,
tan trémula y libertina, tan frágil y robusta soy
que en estos colchones que de emoción se desmayan,
¡hasta los ángeles impotentes por mí se condenarían!"

Cuando de los huesos toda la médula me sacó,
y al volverme, lánguidamente, hacia ella, para
rendirle un beso de amor, ¡sólo hallé
un odre de flancos viscosos y llenos de pus!
En mi frío horror, cerré los ojos, y
al abrirlos ante una luz vivísima,
junto a mí, en lugar del muñeco poderoso
que parecía estar saciado de sangre, sólo vi
despojos de esqueleto en su temblor confuso,
y de allí surgían gritos como los de una veleta
o de un rótulo, en la punta de una varilla de hierro
que balancea el viento en las noches de invierno.

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XVI

El juego

En sillones descoloridos unas viejas cortesanas,
pálidas, con cejas pintadas y ojos mimosos y fatales
coquetean mientras cae de sus flacas orejas
un tintineo de piedras y de metal;

en torno al tapete verde hay rostros sin labios,
labios sin color, mandíbulas sin dientes,
y también dedos nerviosos con fiebre infernal
que registran bolsos vacíos o el palpitante pecho;

bajo los techos sucios, filas de arañas sin brillo
y quinqués enormes sus resplandores proyectan
en las tenebrosas frentes de poetas ilustres
que acuden a malgastar sus sangrientos sudores;

es el espectáculo sombrío que en sueño nocturno
se fue desplegando ante mis miradas clarividentes.
Me vi incluso a mí mismo, en un rincón del antro
taciturno, allí acodado, frío, callado y envidioso,

envidiaba, sí, la terca pasión de esa gente,
la alegría fúnebre de aquellas putas viejas,
¡y es que ante mí todos gallardeaban
lo mismo del honor que de la belleza!

Mi corazón se asustó por envidiar a
seres míseros que hacia el abismo corrían con fervor,
seres ebrios de su propia sangre, y que, en el fondo,
¡preferirían el dolor a la muerte y el infierno a la nada!

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XV

Correspondencias

La Naturaleza es templo de pilares vivientes
en donde a veces brotan palabras confusas;
en donde el hombre pasa por bosques de símbolos
que con mirada familiar le observan.

Como difusos ecos que desde lejos se funden
en tenebrosa y profunda unidad
tan vasta como la noche y la claridad
los perfumes, colores y sonidos se responden.

Hay perfumes con frescor de cuerpo de niños,
con suavidad de óboe y verde de pradera;
y hay otros corrompidos, intensos y triunfantes,

poseen algo de las cosas infinitas,
como el ámbar, almizcle, benjuí e incienso,
que cantan los arrebatos del alma y de los sentidos.

La musa vendible

Oh musa de mi corazón, ansiosa de palacios,
cuando Enero desencadene sus aquilones,
en el sombrío tedio de las noches de nieve
¿tendrás acaso para calentar tus pies ya morados?

¿Acaso reanimarás tus hombros helados
con los rayos nocturnos que filtren por los postigos?
Y si la bolsa y el estómago tienes vacíos
¿recogerás el oro de las esferas celestes?

Seguro que para ganarte el pan cotidiano,
igual que un monaguillo debes agitar el incensario
y cantar esos Te Deum en que apenas crees,

o tal vez, saltimbanqui en ayunas, exhibas tu pericia,
y también tus risas tan llenas de invisibles lágrimas
para que el vulgo se divierta a carcajadas.

Charles Baudelaire
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Las flores del mal XIV

La campana rajada

¡Cuán dulce y amargo escuchar, en noches
de invierno, al amor de la lumbre que vibra y humea,
el lento despertar de recuerdos lejanos
mientras las campanas cantan en la neblina,

feliz es la campana de amplia abertura
y que pese a sus años sigue alerta y decidida,
esparciendo fielmente sus llamadas religiosas,
como un soldado veterano que vela bajo la tienda!

Tengo hendida el alma, y cuando en su tedio
se obstina en poblar de cantos la fría noche,
a menudo ocurre que sus debilitados sones

evocan más bien estertores de algún herido, abandonado
en lago de sangre, bajo un montón de muertos, y que
sin lograr moverse, con enconados esfuerzos, se muere.

Charles Baudelaire
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