Y, sino como todos, por lo menos como la mayoría. ¡Me causa tantos problemas ver como veo! Pero qué puedo hacer yo. Estas cosas no se eligen, aunque tampoco vienen solas. El caso es que donde otros pueden ver risas, yo veo lágrimas; donde unos ven diversión, yo veo estupidez.
¿Y qué puedo hacer? Refugiarme en los clásicos. Ya saben, mal de muchos, consuelo de tontos. Procuro no hacer mucho caso a medias cucharas, habiendo como hay cucharas enteras. Uno está solo en esta vida, y no esperen otra porque no la hay, como es natural.
El caso es que uno se empeña, se empeña, pone el corazón, y allí donde lo pone allí pone su tesoro. Total, que te vas alejando, alejando, sin darte cuenta, y cuando te quieres dar cuenta acaso estás ya tan lejos que no puedas volver tus pasos para atrás.
Pero siempre hay tiempo para decir basta. Se acabó. Adiós. Hasta siempre. Nos vemos. Tiene que haber tiempo para decir basta. Si no lo hubiera, significaría que estamos ya muertos, literalmente, no pretendo hacer un juego de palabras, no se trata de eso.
De ahí vendrá aquello de que mientras hay vida hay esperanza, ¡esperanza de cambiar! De que no todo sea como siempre, como viene siéndolo. De hacer borrón y cuenta nueva. De aprender a vivir de nuevo lo mismo que se puede aprender a leer de nuevo, y a ver de nuevo.
Ahora bien, te preguntarás, ¿y esto a qué viene? Pues viene de lejos. Pero es lo de menos, creo yo.
Publicada el Lunes, 18/2/2008 por David Esperalta
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