Todos encontramos palabras odiosas. Todos sabemos que las palabras tienen dueño, y que son muchas veces difíciles de ententer, porque el "doble lenguaje" no es un invento de Orwell, magnífico escritor, sino que es la consecuencia de no entender, de no poder entender todos lo mismo. Así las palabras llevan asociadas ciertas cargas de profundidad que cada hijo de vecino recibirá de una forma u otra, dependiendo, como es bien sabido, de su propia cultura alrededor de las palabras odiosas.

Una de las palabras que más odio es la palabra orden. ¡Orden en la sala! Dice el juez. Tiene que haber un orden, dice quien tiene la sartén por el mango. O bien el palanganero del que tiene la sartén por el mango. ¡Haya orden! Dicen, y lo que quieren decir, realmente, es "Hágase así, como nosotros decimos, porque es lo que nos conviene, primeramente, a nosotros". ¡Bonito orden! ¿O cuál puede ser el orden que por lo visto persigue la SGAE y el gobierno socialista de este país llamado España?

Por supuesto, y, como no puede ser de otra manera, persiguen su propio orden. Buscan su interés, defienden su puesto de privilegio. ¡Pero si esto es casi tan viejo como el mundo! A nadie le sorprenderá, empero, podemos ser todos los que suframos las consecuencias del orden que quieren poner en marcha estos acomodados señores y señorías. Su orden es el caos, ni más ni menos. Su orden no es sino el fin de Internet tal y como la conocemos. Ese es su orden y por eso lo odio.

Ahora bien, caigo en la cuenta de que odiar una palabra es, quizás, un poco infantil. ¿Cómo se puede odiar una palabra? La palabra no existe, si no la dice alguien, y, por tanto, el objeto de nuestro odio, ¿no sería más bien el propietario de la palabra? Pero, si vamos un poco más allá, hasta el propio odio resulta infantil, sencillamente, porque es fútil, porque no sirve de nada, porque le resbala a quien va dirijido. No; definitivamente, odiar es poco, porque no sirve de nada, aunque, quizá no sea así del todo.

Si el odio sirviera como un primer paso, como una especie de chispa que pusiera en marcha algún motor, tal vez ya no carecería del todo de sentido. Se empieza odiando, y, ¿cómo se acaba? Quizá no se hace nada más al respecto, y entonces el odio no sirve de nada, y quizá se tomen otro tipo de medidas, como defender con uñas y dientes, si es necesario, el que puede ser el último reducto algo libre: Internet, si fuera necesario, ante esos imponedores de orden, de su orden, para los demás.

Yo creo que lo que estos señores y señorías proponen no tienen ni pies ni cabeza. Creo que se cae por su propio peso, y sólo le encuentro un poco de sentido si lo veo con un intento de intimidar, y de conseguir otras prebendas, a las que son muy dados los imponedores de órdenes ajenos, que por supuesto no lleguen a las barbaridades que querrían llevar a cabo. Sea como sea, que quede claro que su orden, lo que ellos consideran orden, puede ser realmente odioso. Que no nos chupamos el dedo.