Cuando acabe de escribir esta entrada ya no serán las tres y treinta y tres. De hecho ya no son las tres y treinta y tres. Son las tres y treinta y cuatro. Pero la entrada iba sobre las tres y treinta y tres minutos.

Pero, también podríamos haber hablado de las dos y veintidós minutos. O de las cinco y cincuenta y cinco. De las seis y sesentaiséis no; ni de las siete y setenta y siete. No digamos ya de las ocho y ochenta y ocho, o de las nueve y noventa y nueve.

En fin. Iba a hablar sobre el extraño e irracional efecto que producen en mí las tres y treinta y tres, las cuatro y cuarenta y cuatro y la una y once. Son momentos especiales del día, por decirlo así, de los que muchas veces no tienes conciencia.

La mayoría de los días no te enteras de cuando son, exactamente, las tres y treinta y tres minutos. Hay dos posibilidades: las tres y treinta y tres de la tarde, y las tres y treinta y trés de la madrugada. Pero muchas veces no te enteras. Pasas de largo.

Me gustan las tres y treinta y tres minutos. ¿Queda claro? Me gustan porque, superstición, como es, resulta positiva, no creo que se vaya a acabar el mundo, para que me entiendas, todo lo contrario, creo que puede empezar uno nuevo.

Pero habrá de ser en otra ocasión. Ahora son ya las tres y treinta y nueve minutos, y, esta hora... me parece como otra cualquiera.

PD. Y ahora a ver en qué categoría guardo yo esta entrada...