Cuando acabe de escribir esta entrada ya no serán las tres y treinta y tres. De hecho ya no son las tres y treinta y tres. Son las tres y treinta y cuatro. Pero la entrada iba sobre las tres y treinta y tres minutos.
Pero, también podríamos haber hablado de las dos y veintidós minutos. O de las cinco y cincuenta y cinco. De las seis y sesentaiséis no; ni de las siete y setenta y siete. No digamos ya de las ocho y ochenta y ocho, o de las nueve y noventa y nueve.
En fin. Iba a hablar sobre el extraño e irracional efecto que producen en mí las tres y treinta y tres, las cuatro y cuarenta y cuatro y la una y once. Son momentos especiales del día, por decirlo así, de los que muchas veces no tienes conciencia.
La mayoría de los días no te enteras de cuando son, exactamente, las tres y treinta y tres minutos. Hay dos posibilidades: las tres y treinta y tres de la tarde, y las tres y treinta y trés de la madrugada. Pero muchas veces no te enteras. Pasas de largo.
Me gustan las tres y treinta y tres minutos. ¿Queda claro? Me gustan porque, superstición, como es, resulta positiva, no creo que se vaya a acabar el mundo, para que me entiendas, todo lo contrario, creo que puede empezar uno nuevo.
Pero habrá de ser en otra ocasión. Ahora son ya las tres y treinta y nueve minutos, y, esta hora... me parece como otra cualquiera.
PD. Y ahora a ver en qué categoría guardo yo esta entrada...
Publicada el Viernes, 27/7/2007 por David Esperalta
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Nadie te ha dicho que tienes don de escritor? Con algo tan supérfluo como esta entrada, no sé lo que haces, que la convierttes en algo interesante. Deberías escribir novelas. Peri
Jo, jo, jo, jo... El ingenioso caballero Don dinero, por David Esperalta. Jo, jo, jo, jo... corramos un tupido velo. Pero gracias. :)