Nieblas y lluvias

¡Ay, finales del otoño, inviernos, primaveras fangosas,
estaciones adormecedoras! me gustáis, y os alabo
porque mi corazón y mi mente envolvéis
en vaporosa mortaja, en difusa tumba.

En esta vasta llanura donde vibra el ábrego helado
y chirría la veleta en las largas noches,
mi alma, mejor que cuando llega el tibio revivir,
va a extender de par en par sus alas de cuervo.

Nada más suave para un corazón de ideas fúnebres
y sobre el que ya hace tiempo caen los fríos invernales,
ay, pálidas estaciones, de nuestros climas reinas,

que la presencia constante de vuestras apagadas tinieblas,
a no ser que, empajerados, en noche sin luna,
se adormezca el dolor en una cama de fortuna.

El vino del solitario

Esa curiosa mirada de mujer galante
que hacia nosotros se desliza como el rayo blanco
enviado por la luna ondosa de lago temblón
cuando en él quiere bañar su indolente belleza;

o la última bolsa de escudos en la mano del jugador;
o un beso libertino de Adelina, la flaca;
o los sones de una música irritadora y seductora,
semejante al grito lejano del dolor humano,

nada de todo eso iguala, oh botella profunda,
los bálsamos penetrantes que tu fecunda panza
ofrece al corazón sediento del poeta piadoso;

Tú le entregas esperanza, juventud y vida,
¡y también orgullo, tesoro de la golfería,
que a los hombres ensalza y asemeja a Dioses!

Charles Baudelaire