Los ciegos

¡Ay, alma, contémplalos; cuán espantosos son!
Títeres parecen, incluso vagamente ridículos;
terribles y muy especiales, como los sonámbulos;
y nadie sabe adónde guían sus globos tenebrosos.

Sus ojos, cuya centella divina ya no existe, y
como si a lo lejano mirasen, hacia el cielo
se alzan; nunca se ve que sus pesadas cabezas
hacia el suelo se inclinen, soñadoramente.

Así van cruzando por ilimitadas tinieblas,
negruras hermanas del silencio eterno. ¡Oh ciudad!,
mientras que ante nosotros cantas, ríes y muges,
enamorada del placer hasta llegar a atrocidades,
¡mírame, también yo me arrastro! aunque más torpe
que los ciegos, me digo: ¿qué buscan en el Cielo?

A una transeúnte

La calle, aturdida, aullaba a mi alrededor.
Alta, delgada, de luto, como majestuoso dolor
pasó una mujer: con mano elegante
alzaba y mecía lo mismo festón que dobladillo;

ágil y noble pasó, con piernas de estatua.
Crispado y nervioso, yo no cesaba de beber
en sus pupilas, cielo lívido con gérmenes tormentosos,
la dulzura que fascina y el placer que mata.

Un relámpago... ¡y ya la noche! -Belleza fugitiva,
mirada que me hizo renacer, dime:
¿ya no te veré más sino en la eternidad?

¡En otra parte y muy lejos! ¡Demasiado tarde! ¡Y acaso nunca!
Ignoro adónde fuiste, y no sabes adónde voy,
¡ay tú a quien hubiese amado! ¡a ti, que lo sabías!

Charles Baudelaire