El juego
En sillones descoloridos unas viejas cortesanas,
pálidas, con cejas pintadas y ojos mimosos y fatales
coquetean mientras cae de sus flacas orejas
un tintineo de piedras y de metal;
en torno al tapete verde hay rostros sin labios,
labios sin color, mandíbulas sin dientes,
y también dedos nerviosos con fiebre infernal
que registran bolsos vacíos o el palpitante pecho;
bajo los techos sucios, filas de arañas sin brillo
y quinqués enormes sus resplandores proyectan
en las tenebrosas frentes de poetas ilustres
que acuden a malgastar sus sangrientos sudores;
es el espectáculo sombrío que en sueño nocturno
se fue desplegando ante mis miradas clarividentes.
Me vi incluso a mí mismo, en un rincón del antro
taciturno, allí acodado, frío, callado y envidioso,
envidiaba, sí, la terca pasión de esa gente,
la alegría fúnebre de aquellas putas viejas,
¡y es que ante mí todos gallardeaban
lo mismo del honor que de la belleza!
Mi corazón se asustó por envidiar a
seres míseros que hacia el abismo corrían con fervor,
seres ebrios de su propia sangre, y que, en el fondo,
¡preferirían el dolor a la muerte y el infierno a la nada!
Publicada el Viernes, 25/4/2008 por David Esperalta
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