Cartel de la película La huelga De Sergéi Eizenshtéin había visto alguna película, también mayúscula, como El acorazado Potemkin, esta de 1925, y de un año antes la que comento en esta entrada. ¡La huelga es una película imprescindible! Una película muda, con ciertos banda y efectos sonoros añadidos años después, por lo visto. Una película con muchos años encima, pero, de una actualidad terrible. No sé si será o no demagógico decirlo así, pero, es lo que pienso.

Sin mencionar que la película, en lo técnico, muestra a las claras porqué se piensa que su director sabía bien lo que hacía, lo cierto es que el mensaje continúa más que vigente: está a la orden del día, y, lo que parece que ha cambiado, en realidad, no creo que vaya más allá de lo que se conoce como correlación de fuerzas. Por lo demás, no creo que haga falta recordar cómo acabó (con 25.000 policías en la calle) la última huelga, cierre patronal, o lo que fuera que sucedió en este país no hace dos meses.

La huelga sigue vigente además porque la fuerza de sus imágenes, su montaje, y lo atrevido de sus propuestas, no sólo está al mismo nivel que actualmente, sino que, en muchos casos, los supera con creces. Hoy se muestra mucho bebé amenazado de caer por un precipicio, sostenido sólo por la mano del malo de la película, que, aun teniéndolo a su merced, jamás llegará a dejarlo caer: aberración, irrealidad, pesadilla que no se ve en el cine, templo ya consagrado a mantener el estatus establecido, con ayuda, entre otros, de los 25.000 policías.

Pero en la película de Sergéi Eizenshtéin se llega hasta el final, naturalmente, porque, el malo de la película, lo ha demostrado en más de una ocasión, llega también al final, y no se queda en medias tintas. Luego es que resulta chocante ver en La huelga cómo los obreros luchan por conseguir la jornada laboral de ocho horas, que no trabajen los niños y adolescentes... justo en estos días en que en Europa, esta Europa nuestra (de ellos) quieren establecer la jornada dizque máxima de 65 horas semanales. De los niños ya hablaremos.

Y además la película resulta todo un oráculo, por aquello de su final, absolutamente contrario al final que se esperaría en cualquier película mediocre de hoy día, pero además resulta premonitorio, la película termina con una especie de sentencia, con una advertencia, de esas que nos harían nuestros propios padres y que nosotros, hemos decidido pasar por alto. ¿Para bien o para mal? En el caso que nos ocupa, aparentemente, algo hemos mejorado, no lo voy a negar, pero, cuidado, mucho cuidado, porque la guerra no está ganada, ni mucho menos.

Pero, un momento, ¿he dicho guerra? ¡Ya se acabaron las guerras! Ya no hay guerra y toda lucha de clases ha sido en verdad abortada. Alguien dirá todavía que ni siquiera hay clases. Y aún con más razón si se escuda en una Internet que pareciera unirnos... aunque sólo sea momentánea, transitoria, un poco irracionalmente, como quien se encuentra una noche con alguien en no sé qué bar, que nunca ha visto, y que tal vez nunca vea más. Eso es... tal vez... una especie de acercamiento, pero, sin contacto real, y lejos de organizado, bastante caótico.

La huelga, en fin, una película que tienes que ver, si no lo has hecho ya, o que acaso te convenga revisar, si hace tiempo que la vistes. Si entonces te pareció que la película reflejaba cierta realidad (incluso habiéndose rodado en 1924, con la Unión Soviética de 1294 como telón) tal vez no deje de sorprenderte que todavía hoy puedas pensar de la misma manera. No sé si por esto se considera una obra maestra del cine: porque en la televisión, a modo de homenaje, creo yo que la han puesto más bien poco, ¡con lo que se hartan de repetir vaciedades hasta la náusea! Igual lo hacen por nuestro bien.