Quiero en esta entrada hacer un homenaje (muy humilde, claro está) a quienes han escrito, escriben y aun escribirán libros. No a todos, por supuesto. Un libro es una especie de caja cerrada que puede contener cualquier cosa, desde lo más maravilloso y apreciable del mundo, hasta las mentiras más infectas e interesadas que jamás pudieras imaginar. Aunque, en todo caso, ya decía Cervantes (gracias Don Miguel) que, "no hay libro malo". Y tenía razón: es menester conocer a tu enemigo, como dijo otro personaje citable, de cuyo nombre no puedo acordarme.

Los libros, ciertamente, han sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Tengo claro que será muy difícil encontrar algo parecido, que me cale tan profundamente, que me haga cambiar, como lo hicieron algunos libros, y como, con suerte, harán otros en el futuro. En realidad todos ellos en conjunto. Los libros te abren las ventanas del mundo de tal forma, que, se me hace muy complicado explicar qué cosa pasa ahí, a quienes jamás leyeron un libro, o a los que ven en estos algo meramente útil y pasajero, por ejemplo, para usarlos nomás en época de estudios.

Contaba una anécdota Unamuno (gracias Don Miguel) y era que, siendo él profesor de la Universidad de Salamanca, se vio escuchando una conversación entre estudiantes, en la biblioteca de aquella Universidad, y era que uno le decía a otro que estaba harto de tanto libro, que no tenía sino ganas de acabar las clases, para dejar los libros de una vez por todas. No comprendía Unamuno, lector apasionado, escritor profundo, cómo alguien, menos estudiante, podía decir algo como aquello. Y no lo entendía, sencillamente, porque para Unamuno los libros habían significado prácticamente todo en su vida, antes, durante y después de su época de estudiante.

Los libros, desde luego, son la forma en que nuestros antecesores han dejado sus ideas, de modo que nosotros podamos aprovecharnos de ellas. Cuando lees un libro, en cierta forma, estás dialogando con otra persona, probablemente muerta hace siglos, casi como si la tuvieras delante. Los libros te dejan pensar, te dan todo el tiempo del mundo, ponen en marcha tu imaginación, te ofrecen otros puntos de vista, la posibilidad de vivir otras vidas, por decirlo así. Yo no he estado nunca en Rusia, por ejemplo, pero, leyendo Crimen y Castigo o Anna Karenina, es como si de alguna forma hubiera estado, incluso físicamente, allí. Tengo "recuerdos" de lo que nunca he vivido, gracias a haberlo leído, simplemente.

Los libros, literalmente, pueden cambiar tu vida. La palabra escrita, en general, puede hacerlo. De hecho, no hay que remontarse mucho en la historia para comprobar que la mayoría de la gente nunca ha sabido leer, mucho menos escribir, que de esto se ocupa cierta élite, que no sólo sabe leer y escribir, sino que cultiva la lectura y la escritura, y la mantiene fuera del alcance de las masas, por decirlo así, para asegurarlas en una ignorancia que, por supuesto, les beneficia. No a las masas: beneficia a cierta élite, a quienes es más sencillo engañar a las masas de esta forma, manteniéndoles en la ignorancia. Pero todos los hombres nacen iguales. Nadie nace sabiendo. Y todos pueden llegar a leer y a escribir, cosa que no se le puede pedir a otro animal.

Los libros no son sustitutos de la vida, sino que son la vida misma. Forman parte de la vida humana. Sin los libros, la vida humana no sería la que es. Sin una forma de acumular el conocimiento de nuestros antepasados, si tuviéramos que aprenderlo todo, por nosotros mismos, generación tras generación, no hubiéramos avanzado prácticamente nada. Los libros son como una especie de accesorio que se puede acoplar al cerebro del ser humano, de modo que este aumenta su capacidad en todos los sentidos, además. Sin esta especie de accesorio el ser humano no sería tal como le conocemos. Pero el ser humano hubo de inventar el libro, ¡digamos que llegó un momento en que no le quedó más remedio!

Por último, y como decía Nietzsche (recuérdese que era de profesión filólogo, o sea, que estudiaba las palabras), no se piensa por medio de imágenes o sonidos, sino que lo hacemos por medio de las palabras. Ahora bien, si no se cuenta con palabras, si no se tienen suficientes palabras, ¿cómo habrá de pensarse entonces? ¿Y qué es lo que contienen los libros en última instancia? ¿De qué se componen? De palabras. Por supuesto que alguien que no haya leído en su vida puede ser alguien sabio. Esto, sin duda ninguna. Y, sin embargo, no por eso aboga nadie por dejar de leer, por dedicarnos a pensar sin palabras suficientes. Puede uno ser un loco y un genio, ¡pero a pesar de la locura! No gracias a ella. Esto lo dijo también alguien de quien no puedo acordarme.

En fin. Tampoco me atrevo a ir mucho más allá. No sabría cómo decirte, si no tienes la costumbre de la lectura, que probaras a ver. ¡No te defraudaría! Me veo incapaz de decirle a nadie lo que tiene que hacer, además. Y no sería el más apropiado para recomendar estas o aquellas lecturas, puesto que mis carencias se podrán ver incluso en esta misma entrada. Pero, sí que puedo decir algo que acaso te sirva de acicate: sabe que serás envidiado por mí si verdaderamente puedes descubrir los libros, como yo en su día hice. ¡Te envidio profundamente! Si hay algo que quisiera volver a hacer, como decía Montalbán que podía hacerse, esto es volver a descubrir la lectura, tal y como lo hice por primera vez. ¡No descarto la posibilidad! Pero sé que tengo que poner algo de mi parte.