Prólogo
(...) Fuera de esto, ¿existe alguien que se preocupe seriamente de lo que concierne a la vida y a lo que hemos llamado sus "acontecimientos"? ¿Quién tiene tiempo para preocuparse de ello? Temo mucho que para tales asuntos no nos hallemos nunca verdaderamente en "nuestro centro"; no ponemos en ellos, ni nuestro corazón, ni aun nuestra atención. Antes bien -al igual que un hombre divinamente distraído, absorto en sí mismo, en cuyos oídos acaban de sonar con fuerza las doce campanadas del reloj, exclama despertándose sobresaltado: "¿Qué hora acaba de dar?"-, del mismo modo nosotros nos frotamos de tanto en tanto los oídos, cuando ya no es tiempo, y nos preguntamos, asombrados y confusos: "¿Qué nos ha sucedido?" Mejor dicho: "¿Qué somos nosotros en último análisis?" Y hacemos un inmediato recuento de los doce golpes del reloj -todavía vibrantes-, de nuestro pasado, de nuestra vida, de nuestro ser -¡ay!-, y nos equivocamos en nuestra cuenta... Es que, de un modo fatal, permanecemos ajenos a nosotros mismos, no nos comprendemos; es preciso que nos confundamos con los demás, estamos eternamente condenados a obedecer a esta ley: "Cada uno es el más extraño para sí mismo"; con respecto a nosotros mismos, no somos de los que "buscan el conocimiento..."