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Las flores del mal XXIII

EL hermoso navío

¡Oh lánguida hechicera, describir quisiera
las mil bellezas que tu juventud adornan!;
quisiera pintar tu beldad,
en la que niñez y madurez se aúnan.

Cuando con tu amplia falda el aire barres,
diríase un hermoso navío rumbo a mar adentro,
velas al viento y meciéndose
en compás suave, perezoso y lento.

En tu cuello ancho y lleno, en tus hombros redondos,
tu cabeza va pavoneándose con mucha gracia;
¡qué aspecto plácido y triunfante el tuyo
al andar, oh majestuosa criatura!

¡Oh lánguida hechicera, describir quisiera
las mil bellezas que tu juventud adornan!;
quisiera pintar tu beldad,
en la que niñez y madurez se aúnan.

Tu pecho que surge y empuja la seda moaré,
tu pecho triunfante en es un magnífico armario
cuyos paneles redondeados y claros a
los relámpagos atraen, como si fuesen escudos,

¡escudos provocantes, armados de puntas rosas!,
¡armario de dulces secretos, de buenas cosas lleno,
vinos, perfumes, licores, que harían
delirar a mentes y a corazones!

Cuando con tu amplia falda el aire barres,
diríase un hermoso navío rumbo a mar adentro,
velas al viento y meciéndose
en compás suave, perezoso y lento.

Tus bonitas piernas, bajo volantes que ondulan,
atormentan a oscuros deseos y los irritan,
igual que dos brujas que en vaso hondo
van preparando una pócima muy oscura.

Tus brazos, que a precoces hércules dominarían,
son émulos recios de las feroces boas,
están hechos para abrazar intensamente
a tu amante y en tu corazón imprimirlo.

En tu cuello ancho y lleno, en tus hombros redondos,
tu cabeza va pavoneándose con mucha gracia;
¡qué aspecto plácido y triunfante el tuyo
al andar, oh majestuosa criatura!

Charles Baudelaire
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¡Gracias a todas las puntocom!
El actual colapso de Wall Street arraiga en la burbuja tecnológica de fines de los 90, cuando el precio de las acciones de las empresas incipientes en el mundo de Internet se disparó, para luego desplomarse, resultando todo ello en la pérdida de activos por valor de 7 billones de dólares y en la recesión de 2001-2002.
Walden Bello
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Informática segura para todos

Comentario en Barrapunto

Recientemente el Boston Find Vulnerabilities of High Internet Researches Acme descubrió que el uso de la web abría la puerta a grandes vulnerabilidades fundamentadas en técnicas diversas.

Se recomienda apagar Internet y volver el uso del Fax como único medio de seguridad garantizada.

Sin embargo, estudios más recientes del Institute for Advanced Princentoniano descubrieron posibles suplantaciones del número de Fax.

Se recomienda no usar el Fax, ya que lo único seguro es entregar la información en mano.

Sin embargo, estudios de la CIA reflejan que la entrega de documentación en mano está sujeta a procesos de espionaje clásicos (microfónicos, visuales y de otros tipos)

Se recomienda no entregar comunicación de ninguna clase, ni escribirla ni almacenarla, como único medio de alcanzar la seguridad 100% de la información.

Aún más lejos, el Biologic Center of Human Resources acaba de descubrir la tendencia a la difusión de las ideas congénita codificada en el gen I34-H. Cualquier humano con ideas es potencialmente un peligro a su difusión insegura e incontrolada a sujetos inadecuados.

Se recomienda, como única forma de preservar la información con seguridad criptográfica 100% garantizada, la extinción de la raza humana, acabando así con la fuente primaria de los fallos de seguridad en las comunicaciones.

Por último, arrojar la tierra y todo el sistema solar dentro de un agujero negro, garantizará un borrado 100% seguro de la información sensible que aún pudiera quedar.

Sólo así podremos estar tranquilos.

OeL, en Clickjacking: la amenaza misteriosa
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Categorías: Citas, Humor
Que veinte años no es nada

Volver (Tango)

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos,
van marcando mi retorno...
Son las mismas que alumbraron,
con sus palidos reflejos,
hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La quieta calle donde el eco dijo:
Tuya es su vida, tuyo es su querer,
bajo el burlon mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver...

Volver,
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien...
Sentir... que es un soplo la vida,
que veinte anos no es nada,
que febril la mirada
errante en la sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez...

Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida...
Tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenan mi sonar...
Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar...
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusion,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazon.

Vivir... con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez...

Alfredo Le Pera y Carlos Gardel.

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Las flores del mal XXII

Nieblas y lluvias

¡Ay, finales del otoño, inviernos, primaveras fangosas,
estaciones adormecedoras! me gustáis, y os alabo
porque mi corazón y mi mente envolvéis
en vaporosa mortaja, en difusa tumba.

En esta vasta llanura donde vibra el ábrego helado
y chirría la veleta en las largas noches,
mi alma, mejor que cuando llega el tibio revivir,
va a extender de par en par sus alas de cuervo.

Nada más suave para un corazón de ideas fúnebres
y sobre el que ya hace tiempo caen los fríos invernales,
ay, pálidas estaciones, de nuestros climas reinas,

que la presencia constante de vuestras apagadas tinieblas,
a no ser que, empajerados, en noche sin luna,
se adormezca el dolor en una cama de fortuna.

El vino del solitario

Esa curiosa mirada de mujer galante
que hacia nosotros se desliza como el rayo blanco
enviado por la luna ondosa de lago temblón
cuando en él quiere bañar su indolente belleza;

o la última bolsa de escudos en la mano del jugador;
o un beso libertino de Adelina, la flaca;
o los sones de una música irritadora y seductora,
semejante al grito lejano del dolor humano,

nada de todo eso iguala, oh botella profunda,
los bálsamos penetrantes que tu fecunda panza
ofrece al corazón sediento del poeta piadoso;

Tú le entregas esperanza, juventud y vida,
¡y también orgullo, tesoro de la golfería,
que a los hombres ensalza y asemeja a Dioses!

Charles Baudelaire
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Categorías: Citas
Las flores del mal XXI

El final del día

La vida, cínica y chillona,
no hace sino correr, bailar y
agitarse bajo luces lívidas.
Así, en cuanto en el horizonte

se muestra la noche voluptuosa,
calmando todo, incluso el hambre,
borrando todo, hasta la vergüenza,
el Poeta se habla: "¡Por fin

mi espíritu y mis vértebras
invocan con ardor el descanso!;
voy a tumbarme boca arriba,

lleno de ensueños fúnebres;
voy a envolverme en vuestros velos
¡oh tinieblas refrescadoras!"

Himno

A mi muy querida y muy bella
que me colma de claridad,
al ángel, al ídolo inmortal,
¡salud en la inmortalidad!

Amada que en mi vida penetra
como aire impregnado de sal
y que en mi alma insatisfecha
deja anhelos de eternidad.

Es cuerpo que frescamente perfuma
el ambiente de un ansiado rincón,
es incensario olvidado que humea
en secreto por las noches,

¿cómo, amor incorruptible,
cómo lograría yo definirte?
¡Invisible grano de almizcle
que en mi honda eternidad vibras!

A la muy bondadosa y hermosa mía
forjadora de mi dicha y salud,
al ángel, al ídolo inmortal,
¡salud en la inmortalidad!

Charles Baudelaire
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Categorías: Citas
Poeta en Nueva York V

Paisaje de la multitud que vomita
(Anochecer en Coney Island)

LA mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve de revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz enlas circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena;
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.

Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

La muer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sientes.

Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.

New York, 29 de diciembre de 1929

Asesinato
(Dos voces de madrugada
en Riverside Drive)

¿CÓMO fue?
- Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
- ¿Cómo, cómo fue?
- Así.
- ¡Déjame! ¿De esa manera?
- Sí.
El corazón salió solo.
- ¡Ay, ay de mí!

Federico García Lorca
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El científico Juan Manuel de Prada

La ciencia parece dispuesta a demostrar esto y lo otro, siendo lo otro lo contrario; y mañana podrá sin empacho alguno desdecirse y demostrar que lo opuesto a lo contrario es lo cierto, en un tirabuzón enloquecido y sin fin. [...] Es como si la ciencia, empeñada en satisfacer una demanda creciente que le asigna el papel de oráculo, hubiese entrado en una fase de cortocircuito neuronal; como si, sobrepasada por la promesa que nos hizo de desvelar hasta el más recóndito repliegue del universo, hubiese empezado a pegarse topetazos con una pared en la que no puede abrir brecha y, lejos de cejar en su loco empeño, estuviese dispuesta a descornarse, hasta convertir su fracaso en una suerte de orgullosa demencia. Que, por supuesto, se nos vende como sacrosanta cordura, aunque lo repudie nuestro sentido común.

Juan Manuel de Prada y Sentido Común dixit. Y se queda tan pancho.

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Final de la 9ª Sinfonía de Beethoven

Final de la 9ª Sinfonía de Beethoven, Oda a la Alegría

Extracto de la partitura de la 9ª Sinfonía de Beethoven

Ludwig van Beethoven

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Las flores del mal XX

Los ciegos

¡Ay, alma, contémplalos; cuán espantosos son!
Títeres parecen, incluso vagamente ridículos;
terribles y muy especiales, como los sonámbulos;
y nadie sabe adónde guían sus globos tenebrosos.

Sus ojos, cuya centella divina ya no existe, y
como si a lo lejano mirasen, hacia el cielo
se alzan; nunca se ve que sus pesadas cabezas
hacia el suelo se inclinen, soñadoramente.

Así van cruzando por ilimitadas tinieblas,
negruras hermanas del silencio eterno. ¡Oh ciudad!,
mientras que ante nosotros cantas, ríes y muges,
enamorada del placer hasta llegar a atrocidades,
¡mírame, también yo me arrastro! aunque más torpe
que los ciegos, me digo: ¿qué buscan en el Cielo?

A una transeúnte

La calle, aturdida, aullaba a mi alrededor.
Alta, delgada, de luto, como majestuoso dolor
pasó una mujer: con mano elegante
alzaba y mecía lo mismo festón que dobladillo;

ágil y noble pasó, con piernas de estatua.
Crispado y nervioso, yo no cesaba de beber
en sus pupilas, cielo lívido con gérmenes tormentosos,
la dulzura que fascina y el placer que mata.

Un relámpago... ¡y ya la noche! -Belleza fugitiva,
mirada que me hizo renacer, dime:
¿ya no te veré más sino en la eternidad?

¡En otra parte y muy lejos! ¡Demasiado tarde! ¡Y acaso nunca!
Ignoro adónde fuiste, y no sabes adónde voy,
¡ay tú a quien hubiese amado! ¡a ti, que lo sabías!

Charles Baudelaire
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